viernes, 13 de octubre de 2017

Cuando el edificio se quedó vacío

Monasterio de Piedra, 2006
Creo que fue por el año 2005 cuando nos vinimos a vivir a nuestras casas, una encima de la otra, o una debajo de la otra, según se mire. Dos pisos pequeños, pero suficientes, uno en el bajo, otro en el primero, techo con suelo, suelo con techo, juntos, porque éramos hermanos inseparables, porque cuando decidí tener mi propia casa, pensé que cerca de ti sería mucho más llevadera la independencia (palabra muy de moda hoy, por cierto). Estábamos encantados con nuestros pisos, aunque nos dieron algún pequeño problema, a cada uno una cosa, pero minucias, lo normal en la época de la burbuja inmobiliaria cuando las cosas y las casas se hacían deprisa y se vendían como churros.. Pero fuimos felices aquí, porque eran de materiales de calidad, porque éramos pocos vecinos, porque eran nuestras casas y estábamos juntos.

Felicidad que duró casi diez años, porque un maldito mes de junio, el de 2014, empezó sin ti, y la vida en esta pequeña nuestra comunidad no era tan divertida, tan bonita, tan amable... Recuerdo cuando murió la señora mayor que vivía por meses frente a mi puerta, luego aquel muchacho raro del ático, más tarde otro vecino, y tu decías: “¡qué miedo, Pedro, que se mueren todos aquí!”. Yo me reía y te decía que eso eran tonterías, que la señora mayor tenía ya edad de partir, que los otros habían sido accidentes y que son cosas que pasan, pero no, una vez más tenías razón, la gente se muere también aquí, también en este pequeño edificio de viviendas, la gente se muere viva donde viva. Y tu, te fuiste, y aquí me dejaste, o no, quién sabe, pero aquí estoy yo, en mi querido piso, en mi casa propia, sin mi vecina favorita del primero, hablando por las noches sin poder escuchar la respuesta, mientras Custom me mira con cara de pensar que debo estar loco. Y creo que seguir aquí ya no tiene sentido ninguno, llego a la conclusión de que tu eras el principal motivo de que yo eligiese este habitáculo como mi casa, pero al irte tu se fueron todos los demás motivos secundarios que me llevaron a tomar esta decisión y ya no se qué hago aquí.

Hay temporadas en las que me encuentro tranquilo, llevo mejor tu ausencia, no es que no me acuerde o me olvide de ti, ni mucho menos, pero hay temporadas en las que lo veo como algo más normal, por llamarlo de algún modo, pero luego llegan las malas épocas, ay entonces... Te echo de menos y lo hago con rabia, porque nunca entenderé algunas decisiones de aquel equipo médico que tanto por mantenerte con nosotros, pero que no quiso hacer todo lo posible, porque nunca entenderé porque vemos en la prensa casos de “milagros de la ciencia médica” que permiten a algunas personas vivir y contigo no se podían tomar esas mismas decisiones de las que yo mismo he informado alguna vez. Pero no daremos más vueltas a aquello, decidimos que lo que tocaba era seguir caminando hacia adelante, como tu hubieras querido, trataremos de seguir exprimiendo la vida, como tu hiciste, echaremos el resto para disfrutar de lo que nos quede por estar aquí, como nos enseñaste a hacer. Pero, ay Marti, lo que te echo de menos, la falta que me heces, lo que nos quedó por hacer juntos.

Te quiero, hoy, ayer y siempre, te quiero Marti.

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