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| Nota escrita por Marti |
Cuando,
ahora en agosto hace 12 años, empecé a pegar mi piso, sabía que me
metía en algo para prácticamente toda la vida, en un barrio en el
que no me apetecía muchos seguir viviendo, la verdad, y una casa tal
vez (a la larga lo confirmé) un tanto justa de tamaño. Pero
enfrente de todos esos contras había un pro que los superaba a todos
con creces, me iba a vivir para el resto de mi vida al mismo edificio
que mi hermana Marti. Eso me bastaba para que todo lo demás me diese
igual, tenerla a dos saltos por las escalera era el aliciente más
importante para tomar la decisión de gastarme mis ahorros en la
entrada de una vivienda que iba a seguir pagando hasta un futuro más
allá de donde ni siquiera puedo alcanzar a imaginar como será.
Imaginad
cuando hace tres años ese piso de arriba se quedó vacío, el techo
del mío se hundió. Bueno, en realidad al principio eso casi ni lo
noté, era la ausencia, los recuerdos, las imágenes de las risas y
gestos de mi hermana, todo eso que nunca más volvería a ver, lo que
echaba de menos casi con avaricia. Con el paso de los días, de las
semanas... de los tres años que han pasado ya, la perspectiva es
distinta, aunque el panorama sea el mismo sigo echándola de menos
con todas mis fuerzas y no hay día que no me acuerde de ella, de una
frase suya o de alguno de sus gestos típicos, de alguna conversación
de las miles que manteníamos, de alguno de aquellos abrazos que nos
dábamos. Pero ahora empiezo a darme cuenta de que no se qué sigo
pintando en esta casa, en un barrio que no es cómodo, en unos metros
cuadrados que a mi y a Custom se nos hacen escasos, lejos de
cualquier lugar que me guste y ahora, encima, sin mi vecina más
apreciada, sin poder subir a charlar con mi hermana Marti, sin un
café que tomarme en la planta de arriba, sin una sonrisa en el
balcón de la esquina que me salude cuando me voy por las mañanas a
hacer deporte.
Algunas
noches me mandaba un whatsApp o directamente bajaba y llamaba a la
puerta, el edificio medio vacío le daba miedo, algún ruido extraño
que se escuchaba y me preguntaba si lo había oído. Unos viandantes
ruidosos o unos gamberros en la calle haciendo de las suyas, y ella
se alteraba, era miedosa, si. Yo solo le decía que no había sido
nada, unas simples palabras en un mensaje de texto bastaban para que
se le pasase el sobresalto. Como tantas otras veces ella me había
consolado a mi, como tantas veces me había enseñado que la vida era
mucho más sencilla de lo que yo la hacía y que los problemas,
mierda de mis pseudoproblemas, no lo eran tanto.
Todo
es más duro, mucho más difícil, sin ella, pero vivir aquí es para
mi ahora como vivir en la más terrible soledad, soledad no en mi
casa, soledad en la escalera, y eso aun cuando en estos momentos hay
más vida en el edificio que nunca, más gente, y gente joven, que
sube, que baja, que se cruza conmigo, que me saluda, vecinos que nos
sonreímos, que nos estimamos, y aun así siento estas escaleras tan
vacías...
No
es huir, es simplemente buscar un nuevo inicio, un lugar que no me
recuerde que un día me vine aquí a vivir porque, simplemente, era
feliz con Marti cerca.

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