lunes, 14 de diciembre de 2015

La noche de Reyes

preparados los regalos del año 2007 en mi casa
Por estas fechas ya estaríamos buscando ideas y tiendas para comprar los regalos de reyes de hermanos, sobrinos, padres... Cada año Marti y yo íbamos a comprar casi todos los regalos de la familia juntos, excepto los que nos hacíamos recíprocamente por aquello de la sorpresa, ya que el valor material en si no era excesivo, no puede serlo cuando perteneces a una familia de seis hermanos, diez sobrinos, etc. Pero lo importante era la ilusión con la que vivíamos esos días previos buscando algo que regalar a nuestros seres queridos, a veces, cuando la imaginación se agotaba, un sobre rojo con dinero para alguno de ellos era todo, y no era poco. 

Luego llegaba el día de reyes, y ya cuando anochecía salíamos a la esquina para ver la cabalgata. Al principio salíamos todos juntos, luego, conforme la familia iba creciendo en número y, más aun, iban creciendo en edad, ya solía haber alguna ausencia, lógica evidentemente, pues es difícil reunir a tanta gente. Pero tras la cabalgata siempre nos uníamos todos, esta vez si (salvo los de Toledo que no estaban aquí) y como niños, tanto los que lo eran como los que hacía tiempo dejamos de serlo, recorríamos con gran ilusión todas las casas, empezando por la de mis padres y continuando por la de cada uno de los hermanos, recogiendo nuestros regalos que, independientemente del valor económico, despertaban una gran ilusión en todos nosotros. Desde unos calzoncillos hasta una maquinilla de moler café, una colonia o aceites artesanales, mil regalos que nos hacía pasar una noche mágica.

He de reconocer que el regalo para Marti en mi casa estaba un poco más pensado que el resto, lo siento, lo admito. Pero es que comprarle algo a ella era un poco más especial, porque era la que más ilusión ponía en esta noche, eligiendo cada uno de los regalos que hacía a sus hermanos y sobrinos con cuidado y mimo. 

La noche de reyes de este año ya fue distinta, sin el paso por su casa no podía ser igual, sin tener que pensarle un regalo que le hiciese ilusión o, al menos, le hiciese reír, no me apetecía pasar esa noche. "Qué egoísta" pensaréis. Tal vez si, lo fui, pero era demasiado pronto para hacer algo tan especial como eso sin ella. Este año tampoco es que me apetezca mucho, pero habrá que intentarlo al menos. Sobretodo porque el año pasado, hasta sin ella presente físicamente, logró tener preparados los regalos para algunos de nosotros. Esta historia, la de los guantes de mis sobrinas es muy especial, creo que merece la pena contarla.

Marti había comprado un par de guantes a tres de mis sobrinas, las que son más o menos de la misma edad. Los compró para la noche de reyes del 2014. Eran de esos que llevan las puntas del dedo índice con un material especial que permite usar los teléfonos móviles sin necesidad de desenfundarse los dedos en el frío del invierno. A pesar de comprarlos con tiempo cuando llegó la noche fue incapaz de encontrarlos, no lograba recordar dónde los había guardado, por más que buscó y rebuscó no logró dar con ellos, así que a última hora improvisó otro regalo (no se si fue dinero) y dio por perdidos aquellos guantes. Pues bien, en diciembre de ese año, cuando ella ya no estaba físicamente con nosotros, otra de mis hermanas los encontró por casualidad, Marti los había guardado en el maletero de su coche, donde seguían. Los guantes, envueltos en su correspondiente papel de regalo, como habría hecho ella, estaban allí, en su casa, donde ella solía dejar los regalos la noche de Reyes, tras la cabalgata del día 5 de enero de 2015 y cuando mis sobrinas llegaron pudieron, al fin, disfrutar del regalo que Marti les había preparado justo un año antes.

viernes, 4 de septiembre de 2015

La feria

Cada fecha señalada los recuerdos vuelven, si es que llegan a irse alguna vez, y la feria es otra de esas fechas en las que Marti está presente. Nunca fue muy de ferias, especialmente en los últimos años, es cierto, pero aun así este momento sin ella se hace también duro. ¿Cómo? Os preguntaréis. Pues bien, os lo explico.

A mi hermana la feria no le entusiasmaba, es cierto, pero le gustaba aprovechar cada segundo de la vida, cada momento que ofrecía la oportunidad de diversión, ella lo hacía suyo. La feria en si no era lo que ella podría estar esperando todo el año, pero las cañas, los vermús al medio día o a media tarde en la plaza, con el ambiente de fiesta en la localidad si le gustaba, como a mi, y de hecho era una de las pocas personas que me acompañaba cuando llegaban estas fechas. Una caña en vaso de plástico y con una salchicha o un pincho moruno de tapa, sin incluir en el precio, por supuesto, no faltaba en la plaza de España, más tarde en la Avenida de la Constitución y finalmente en los aparcamientos de la piscina, para celebrar la feria, para reírnos y, por qué no decirlo, a veces enfadarnos, pero siempre juntos, como casi todo. Y llegar a casa de mis padres a las 3 o más, hartos de productos porcinos a la plancha y de cervezas y algún que otro vermú, dónde nos esperaban nuestros progenitores que, como si no hubiésemos crecido y aun fuésemos niños, se enfadaban por haberlos tenido esperando para comer y, encima, llegábamos sin hambre... Son recuerdos que no se pueden borrar, como ninguno, y que al asomarse hoy la inauguración del "baile del vermú" o "feria de día" o como lo quieran llamar, no pueden por menos que hacer que se me escapen, casi a la vez, una mueca de sonrisa en la boca y unas lágrimas en los ojos.

Ella, Marti, que sin dejar de pasarlo bien casi nunca, jamás dejaba de pensar en los demás, fue quien decidió un día, hace ya muchos años, que debíamos bajar con mis padres a la feria al menos una noche, tomarnos unos churros y un chocolate, para que también ellos, que ya empezaban a ser mayores para ir solos, disfrutasen de las fiestas al menos una noche. Así lo hicimos, los primeros años con mis dos padres, luego mi madre dejó de querer bajar, algo normal pues nunca fue muy de salir. Pero cada año, al menos una vez en toda la feria, bajábamos con mi padre, que como un niño más, disfrutaba de sus churros y de su chocolate, y casi tanto como de esa merienda en horas ya de cena, disfrutaba sacando la cartera y pagando, invitando a todos sus hijos, los que habíamos ido, y sus nietos, que también algún año se unieron al grupo.

Con mi hermana cada año solíamos bajar hasta los alrededores del recinto ferial para ver la pólvora, como decimos aquí, esos fuegos artificiales con los que empezaban las fiestas de Alcázar. Un buen rato de pie mirando al cielo para ver lo mismo de cada año, todo ello tras haber bajado andando desde nuestro barrio o, peor aun, en coche, lo que suponía una hora buscado sitio para aparcar.

También recuerdo un par de años que nos fuimos a comer juntos al Rolling Rock Bar, donde con motivos de la Feria y Fiestas de Alcázar cada día se hace una comida para todo el que quiera ir a cargo de los propietarios. Nos reuníamos junto a una gran mesa, que iba aumentando de número de comensales conforme iban llegado familia, amigos y conocidos, y hasta algún que otro acoplado, y en torno a esa gran mesa comíamos duelos y quebrantos, o gachas, o migas... Momentos únicos, irrepetibles ya por desgracia.

Todo ello era divertido, era bueno, era maravilloso, porque ella estaba ahí, conmigo, con nosotros, cumpliendo pequeñas y a veces absurdas tradiciones particulares que hacían que cada año deseásemos la llegada de la feria, aunque la feria no nos gustase, porque juntos era todo mejor.

lunes, 17 de agosto de 2015

Reglas sencillas para encontrar la felicidad

Marti, agosto de 2007
Hay veces que nos obcecamos en conseguir algo que deseamos o que queremos conseguir y se nos pasa el tiempo intentándolo, dejando escapar la oportunidad de conseguir otras cosas que tal vez nos haría más felices sin saberlo. Esa fue otra de las grandes lecciones que nos dejó mi hermana Marti. Creo que llegó un momento en el que ella decidió que no era tan importante esperar a que algo sucediese, o buscarlo desesperadamente, sino disfrutar de lo que cada día vivimos y tenemos al alcance de la mano.

Marti nos enseñó que buscar cosas como el éxito, la fama o la riqueza muchas veces solo nos aleja de ellas y, por extensión, de otras mucho más importantes. Si analizamos su vida, en especial lo diez o 15 últimos años de ella, veremos que hizo de su vida un continuo momento de disfrute, sin preocuparse (demasiado) por el mañana. Cuando un compañero le decía que "peligraban sus puestos de trabajo" ella primero se preocupaba, pero luego, enseguida, daba un giro a su actitud y decidía disfrutar de ese trabajo mientras le durase, sin pensar demasiado en el mañana. Con esa actitud vital llegó a disfrutar de las banalidades que con dinero se pueden comprar, nunca se privó de caprichos y, curiosamente, nunca tuvo problemas económicos. No prolongaba la preocupación de caer bien o mal a los demás y, sin embargo, todo el mundo la quería y apreciaba, incluso aquellos con los que tenía lizas en algún momento terminaban queriéndola. 

Hace unas noches ella me hizo llegar un mensaje. Si, podéis reíros o tomarme por loco o por iluso, da igual, lo importante no es como me llegó, sino su contenido. El mensaje se resumen en cuatro puntos:

1.- Debes dejar de preocuparte por quienes ya no están con nosotros en esta vida "física", porque ahora se rigen por otras normas y lo que nosotros hagamos ya no influye en modo alguno en cómo ellos estén. Nada de lo que nosotros podamos o no hacer aquí afecta a su bienestar.

2.- Debes intentar ser feliz, pero no buscando algo que hipotéticamente te de la felicidad, sino que has de intentar ser feliz con lo que tienes a tu alrededor, con las pequeñas cosas que cada día te regala la vida y con quienes te rodean.

3. - Intenta hacer del mundo un sitio mejor con cada pequeña acción que hagas cada día, acuérdate de mi (de esa persona que querías y se fue) y de como actuaría yo en cada circunstancia y hazlo.

4.- Aprovecha cada segundo con quienes estén a tu alrededor, porque no sabemos cuanto tiempo vamos a estar a su lado.

Son pautas mucho más sencillas de lo que aparentan y solo tienen un destino, marcar con una sonrisa nuestras vidas. 

jueves, 16 de julio de 2015

Esperanza

Marti y yo, 2006
En los años ochenta Esperanza estaba mal, muy mal, no se qué enfermedad era, aunque creo que se trataba de esclerosis múltiple, que por aquella época estaba poco estudiada y su repercusión solía acabar con sus enfermos muy deteriorados y un colapso final que traía el fatal desenlace. Esperanza y Marti habían sido muy amigas de niñas, y su enfermedad la había llevado hasta aquella cama en la que la recuerdo.

Mi hermana Marti, como siempre, se sentía muy triste con lo que su amiga de la infancia estaba pasando. Esperanza no podía ponerse en pie, ni moverse apenas, ni si quiera era capaz de hablar. Su madre, una mujer mayor de pelo blanco y rizado, agradecía las visitas de mi hermana a las que yo me unía en muchas ocasiones. Recuerdo pocas cosas con detalle de aquello, porque yo era un crío y apenas era consciente de lo que hacía, pero no puedo olvidar la cara de agradecimiento de aquella mujer por ver que a su hija no la habían olvidado todos, al menos una de sus amigas seguía acudiendo regularmente a verla, porque Marti siempre fue extremadamente sensible con todos, más aun con quienes más débiles se mostraban al mundo.

Mi hermana en aquella época, la primera mitad de los años 80, estaba bien, recuperada de su lesión cardíaca y como nueva con su operación, esa que le había salvado la vida. Pero en todo el tiempo que pasó desde que enfermó severamente hasta que salió con éxito de aquella primera operación, aun de adolescente, hubo cosas que habían cambiado, como muchos, por no decir todos, sus amigos. Tanto los "novietes" de la infancia como las amigas del alma, todos excepto mi primo y su novia, que jamás la olvidaron ni la abandonaron, habían desaparecido, tal vez por eso ella no quería olvidarse de Esperanza ahora que ya no era una joven sana y capaz de correr y salir a la calle, ahora que, de verdad, necesitaba a alguien con quien hablar, o mejor dicho, a quien escuchar, para aliviar esas larguísimas tardes de sus últimos años. Si, sus últimos años, porque Esperanza acabó muriendo, enferma y en aquella cama.

Ya os he contado varias veces que mi hermana nos dejó muchas lecciones en su vida, incluso en sus últimos días en el hospital. Pero sin duda una de las mayores lecciones que me dejó fue la de la HUMANIDAD, porque si algo he podido aprender de Marti ha sido precisamente tener una especial sensibilidad (y paciencia) con quienes más débiles son. Jamás podré llegarle ni si quiera a la altura de los talones, pero al menos me queda el saber que aquella lección me inyectó un poco de humanidad para intentarlo.

miércoles, 24 de junio de 2015

Un año sin tu presencia física

Hoy hace un año. Ya son 365 días desde que el mundo se oscureció un poco para mí. Ha sido un año que ha pasado rapidísimo, como si los días durasen menos, como si hubiésemos tenido semanas de 50 horas. Hoy se cumple el triste aniversario de un acontecimiento que probablemente nunca superaré, aunque aprenda a sobrellevarlo.

El 31 de mayo Marti entraba en el quirófano del Hospital Universitario Gregorio Marañón tras algo menos de una semana de hospitalización para una operación, no nos vamos a engañar, que todos sabíamos que era peligrosa pero que, muy a pesar de todos, era necesaria para que ella recuperase su calidad de vida, una calidad de vida que en el último año había empeorado considerablemente. Yo no me despedí de ella en persona ese día porque había reservado mis vacaciones para estar con ella en el postoperatorio. Ella dijo que con un poco de suerte para el día de su cumpleaños, el 9 de junio, estaría en casa celebrándolo. Alguien le respondió que era difícil, porque esa operación tendría una larga recuperación, aun así Marti no perdió su sonrisa y sus ganas de celebrar ese cumpleaños que esta vez tendría doble motivo de alegría.

Las cosas no pasaron como esperábamos todos, del quirófano tardó en salir más de 10 horas y nadie sabíamos nada hasta que un anestesista nos informó: la cosa se había complicado y pintaba mal. Podéis imaginar las lágrimas, la angustia... Pero salió viva, mal, pero viva. Los días posteriores fueron una sucesión de esperanza entre nosotros, de lucha por su parte y de esfuerzo encomiable entre los médicos y enfermeros. Las horas se hacían eternas en la sala de espera, yo mataba el tiempo haciendo barquitos de papel con las octavillas de publicidad. Los paseos eran del comedor del hospital a la sala de espera y vuelta, con alguna escapada al Retiro, para que nos diera el aire.

Llegó su cumpleaños y no quisimos decirle en qué día estábamos, porque la conocemos y sabíamos que empezaría a hacer cuentas y a preocuparse más aun pensando en todo el tiempo que llevaba allí. Ella era consciente de que algo no iba mal, seguro. Pero le pedíamos que siguiese luchando, y lo hizo, quizá más por nosotros que por ella misma. Pasaron los días y cada vez nos daban algo más de esperanza, ella evolucionaba, pero no cabía un ápice de euforia, porque las cosas no iban bien a pesar de sus mejorías. 

Tras un intento fallido, el 11 de junio nos dieron una esperanza más, había logrado que su corazón funcionase solo, sin ayuda de máquinas. Pero seguía mal, con necesidad de sedación. Todos los días recibía besos, caricias y palabras de ánimo entre sueños y alguna que otra lágrima, creo nunca se sintió abandonada. Yo deseaba darle uno de esos fuertes abrazos que solía darle, pero la cama, los tubos, las máquinas me lo impedían. 

Así hasta un triste, maldito martes, 24 de junio de 2014. Yo me había venido el día antes porque me tocaba trabajar ya. Mi hermana Mercedes me llamó, malas noticias, ese martes intentaron cambiarle algo de su medicación para que terminase de reaccionar y sucedió todo lo contrario. Estaba peor. Nadie entendíamos nada. Llegué a las 2 de la tarde al trabajo, no fui capaz de subir las escaleras del tirón. Mi compañera Marta, qué tendrán las Martas, bajó y me dio palabras de consuelo y ánimo, una inyección de fuerza para seguir pasando el día. Pasadas las 3 de la tarde mi hermana Mercedes me volvió a llamar, me preguntó si me iba a Madrid entre sollozos. Le dije que estaba trabajando, que no podía... Ella me lo dijo: Marti se iba, teníamos el tiempo justo para despedirnos. Fue un viaje odioso, no se ni como llegamos, pero lo hicimos. Marti nos esperaba, pasamos y nos despedimos sin hacerlo, diciéndole que ella era fuerte, que luchara. Pero su cuerpo ya no aguantaba más. Hubo una parada en una de las camas de la sala y nos desalojaron. Ella aprovechó ese momento en el que su familia salió para irse, sin dejarnos ver como lo hacía, sin hacernos sufrir, ya había esperado a que estuviéramos todos y cuando nos dijo adiós sin palabras ni gestos a cada uno, se fue.

No voy a relatar el drama del momento en que nos lo comunicaron, pero supongo que os lo podéis imaginar. Me resulta imposible terminar estas palabras sin romper a llorar, pero aun así se que nunca se fue, solo cambió de “estatus”, ella sigue conmigo, con nosotros, aunque no podemos verla, pero está aquí, seguro, porque de no ser así yo no hubiera podido aguantar este año. Hoy por fin puedo relatar, aunque sea por escrito, lo que sucedió aquellos días, aunque aun sigo sin poder entrar a su casa o subir en su coche sin romperme.

Aquel día me quedé si la presencia física de la persona más importante de mi vida, hoy sigo esperando volver a verla y poderle dar ese abrazo fuerte e intenso que le debo.

Marti, te quiero.

sábado, 21 de marzo de 2015

Carta abierta nueve meses después

ESTA CAÑA ME LA TOMO CONTIGO
Cada día es duro en uno u otro momento desde que te fuiste, o desde que dejaste de esta presente físicamente, no se exactamente que es lo que pasó. Cada día tiene un fragmento en el que de repente te hace necesaria, para sentir su alegría o genio, porque necesito un abrazo o porque no se como consolar a alguien y se que tu podría hacerlo. Cada día llega una hora, a veces nada más levantarme, otras justo al entrar en la coma por la noche o a medio día, cada vez en un momento de la jornada, en la que te haces necesaria. En ocasiones estás de uno u otro modo, para solventar esa necesidad tuya, pero otras no hay manera de encontrarte.

Marti, te echamos de menos, y por mucho que nos digan o queramos creer que sigues aquí (yo es lo tengo claro), lo cierto es que no nos vendría mal que de vez en cuando, aunque solo fuese de vez en cuando, nos lo dejases sentir de manera evidente. Porque 24 horas son muchas y desde el pasado 24 de junio las horas parecen tener 120 minutos y las semanas 60 días. 

Todas esas cosas que antes hacíamos juntos, intento seguir haciéndolas contigo, de uno u otro modo, pero contigo. A veces los ojos no me aguantan y explotan, otras surgen las risas imaginando tu cara o tu expresión cuando algo te hacía estallar en una de esas carcajadas tuyas. Hay momentos magníficos solo con recordarte, otros, sinceramente, se hacen muy duros porque necesitaríamos, yo especialmente, darte uno de esos abrazos con los que te estrujaba en la cocina de casa cuando eras tu la que no podías más. Necesitaría darte un beso enorme y salir un domingo por la mañana, de esos en los que yo me sentía defraudado, caminando hasta la plaza para sentarnos sin prisas, o con ellas, en una terraza de algún bar para tomarnos una cerveza y hablar de los bueno o malo que era el pincho que la acompañaba. 

No se si realmente te has ido porque ya lo necesitabas, porque tu lo preferiste en un momento dado, no se si te fuiste porque sencillamente tu misión en este mundo ya la habías cumplido, lo que si se es que sea como sea, estés donde estés, espero que estés mejor que aquí, que hayas llegado a la estación de esta existencia que realmente te merecías. Te quisiera dar de todo corazón las gracias por todo lo que nos has enseñado, que ha sido mucho, sobretodo a mi. Gracias por mostrarme que ha que quitarle importancia a las cosas que realmente no la tienen, gracias enseñarme que sonreír siempre es mejor que fruncir el ceño, gracias por mostrarnos el camino hacia el amor y la dulzura, gracias por hacernos ver que esta vida, a pesar de todo, puede ser maravillosa si así la queremos ver, por decirme tantas y tantas veces que tengo que ser positivo para lograr las cosas que deseo en la vida. Sabes que aun soy nuevo en todo esto, pero cada día intento aplicar tus lecciones al día a día, aunque no siempre me salgan bien. Y te pido disculpas si cuando lloramos o nos preguntamos por qué te has ido te hacemos sentir mal y triste con nuestros lamentos egoístas. 

Marti, sigue ahí, a mi lado, sigue cuidándome como siempre lo hiciste, pero sobretodo espero que al fin hayas alcanzado la felicidad plena y podamos algún día volver a abrazarnos.

Un millón de besos, guapa.

viernes, 6 de febrero de 2015

Yo y la vida y yo

Cada mañana me levanto como si nada hubiera pasado, como si todo siguiese igual. Cada noche me acuesto como si no hubiese mañana, como si ya todo diese lo mismo. El Enorme vacío que ha dejado Marti en nuestras vidas es algo que jamás podremos olvidar, ni camuflar, ni ignorar. Pero la vida, como me dicen muchos, sigue. Lo dicen con la mejor de sus intenciones, pero por Dios que si supieran lo que molesta esa frase hecha a quien ha perdido lo más importante de su vida, nunca más volverían a intentar consolar con maniqueas frases construidas por ignorantes y antiguos seres incapaces de ver en los corazones humanos. 

La vida no sigue, la vida simplemente es, y como tal la acepto y la soporto, unas veces desde la oscuridad de mi soledad, otras desde la luz de mis seres queridos, a veces bien, a veces fatal, pero seguir, seguir no sigue ¡qué coño! Escribió una vez Alejandro Dolina, en medio de su pelambrera rizada y negra, una frase que casi se puede leer con su acento argentino: "el amor depara dos máximas adversidades de opuesto signo: amar a quien no nos ama y ser amados por quien no podemos amar". Esta es exactamente la relación que tengo yo con la vida, porque la amo, con locura, como quien ama frenéticamente a quien le succiona la vida de dentro a afuera, y a la vez, casi de manera sanguinolenta, siento como ella me detesta y aun así la amo. La amo porque gracias a ella soy yo, gracias a ella me supero cada día, incluso aquellas veces en las que yo mismo me creo derrotado. La amo porque me ha dado todo, al regalarme las instrucciones para respirar me incluyó diez millones de sonrisas con un pack de recambio, me concedió el magnífico privilegio de tener junto a mi a la persona más maravillosa, generosa y buena que ha pisado este mundo, mi hermana Marti, me consintió como a un crío para convertirme luego en un hombre y dejarme volver a la pubertad cuando otros empiezan a envejecer. Amo la vida porque me gusta sentir el aire en la cara, aunque esté helado, la amo porque adoro caminar sobre la hierva húmeda en primavera, la quiero, la necesito... Pero me maltrata, me niega disfrutar eternamente de esos placeres durante una eviterna concatenación de años.

Julie de Lespinasse, quien muriera justo 200 años antes de nacer yo, dijo: "Tú sabes que cuando te odio, es porque te amo hasta el punto de la pasión que desquicia mi alma". Si, hablaba de mi relación con la vida, a pesar de no conocerme, de no estar yo hecho en forma aun en este mundo, ella hablaba de mi. Ay, Julie, si tu padre, el conde, hubiese sabido lo adelantada a tu época que ibas a salir, probablemente te hubiera intentado meter en vereda antes de que hubiera sido tarde, para que así nunca llegases a decir cosas como aquella de "La mujer que hace un mérito de su belleza, declara por sí misma que no tiene otro mayor". Qué loca, y como has logrado que me vaya del asunto en cuestión, la vida y yo.

Hoy descansaré tranquilo, con mi conciencia limpia, sabiendo que a veces hay que conformarse con el echo, demostrado estadísticamente, de que nunca llegan a tiempo ni las palmadas en la espalda de tus jefes, ni el interés por tu bienestar de los amigos. Y no es por mala fe, simplemente no saben cuando es el momento, porque están en sus cosas, en sus vidas. Mañana ya tal vez sea otro cantar, mañana será otro día si las revelaciones de san Juan no llegan aun, y podré resarcirme con honor, incluso con pundonor, de lo que nunca recuerdo, porque no necesito hacerlo, y aun así me resarciré.

viernes, 16 de enero de 2015

Sonríe y se feliz, lo mereces

Si me permitís una recomendación, sed felices. No os obsesionéis con quienes os han hecho daño, con lo que os sale mal, con las desgracias de este mundo, no digo que lo olvidéis o que las ignoréis, pero no debemos permitir que esas cosas negativas dirijan nuestra vida.Hay que reconducirlas, guiarlas por unas vías adecuadas para que se conviertan en retos (siempre positivos) o en propósitos que hagan de vuestra vida algo que merezca la pena de verdad.

No confundáis Fe con doctrina, ni creencias con jerarquías, si creer en Dios os hace felices, creed en El, si el Islam os hace felices, convertíos, si el budismo saca lo mejor de vosotros, sed budistas, si el ateísmo o ser agnóstico os permite ser mejores, creed en el ser humano, pero siempre con el fin de ser felices, sed lo que queráis, pero con sanas intenciones y buscando solo vuestra plena felicidad y comunión con este mundo, no seáis fieles a ninguna Fe, religión o doctrina para perseguir infieles, censurar a quienes os contradigan o para desconfiar de quien no crea lo mismo que vosotros.

A quien os traicionó, os desilusionó u os dejó tirados, a los amigos que no estuvieron a vuestro lado, a los familiares que no se portaron como tales, a los vecinos que nunca os saludan, a todos ellos dejadlos a un lado de vuestra vida, sin odio, sin rencores, sin vendetas, porque ese solo es el camino hacia la infelicidad y la ansiedad. No penséis en lo que os hicieron, archivad la causa y seguir caminando hacia adelante, sonreid porque todo lo que nos pasa en la vida es una oportunidad para aprender y para ser mejores.

Pensad en el sol cuando sale, pensad en toda esa gente maravillosa que habéis conocido en vuestra vida y en la que os queda por conocer, pensad en los buenos momentos que habéis vivido en el trabajo, en el colegio, en la universidad, en los bares, en vuestro barrio o en cualquier otro lugar, pensad en las sonrisas que os sacaron quienes ya no están y dejad de obsesionaros con su marcha, aunque sea difícil a veces, evocar aquel libro, aquella canción o aquella película que os hizo sentir algo especial, recodad las carcajadas entre amigos, aquel juguete que os trajeron los reyes y que era justo el que queríais, aquel primer beso, aquel mejor amor de vuestra vida, y recodad que siempre os quedarán muchos más por vivir.

Si un día lo necesitas, permítete llorar, cinco o diez minutos, desahógate, y luego guarda esa tristeza en un cajón de tu mesita de noche y sonríe, porque no sabes lo que vas a encontrar a la vuelta de la esquina, y si te lo porpones, seguro que es algo increíblemente grande, porque la vida puede ser maravillosa.

viernes, 9 de enero de 2015

Mi ángel de la guarda

Siempre sonriendo, púlcramente ordenada y a la vez caótica, con un bolso lleno de soluciones para todos, con una casa repleta de cosas que siempre nos hacían falta a los demás. Un mujer "apañá" y detallista, sincera y con un fuerte carácter que nunca ensombreció su más tierna faceta. Gustosa de acumular y coleccionar lo que fuera, cuanto más pequeño mejor, y siempre decidida a regalar todo si a alguien se le antojaba. Una persona que no tenía nada suyo, a pesar de tener de todo, una fuente de extraordinaria capacidad que manaba continuamente amor y buenos sentimientos. Alguien que siempre estaba para quien la necesitase, que nunca antepuso sus prioridades a las de los demás, que sigue dispuesta para todos y cada uno de nosotros.

Este es el recuerdo, no, la imagen que conservo de mi hermana, de la mejor persona que he conocido nunca. Recuerdos son muchos, desde niño hasta el día en que murió, no todos agradables, pero todos imprescindibles e imborrables. Sea donde sea que ella esté, se que sigue observándome, vigilándome, cuidándome, como siempre hizo, porque yo era "su pedro" y lo seré siempre, porque ella jamás me abandonará y porque desde que nací ella me cuidó y se preocupó de mi, veló por mi seguridad y mi integridad, se asustaba cuando yo me asusté y lloró conmigo cuando lo hice. Hoy ya no puedo abrazarla ni darle un beso, ya no puedo sentirla físicamente, pero su energía sigue a mi lado, sigue alrededor mío, permanece acompañándome y cuidándome, por eso ya no temo nada, ya nada envidio ni deseo, simplemente vivo, sonrío y permanezco convencido de que, ahora si, tendré en mi vida lo que me proponga porque ella me ayuda a lograrlo.

Marti, te quiero.