jueves, 16 de julio de 2015

Esperanza

Marti y yo, 2006
En los años ochenta Esperanza estaba mal, muy mal, no se qué enfermedad era, aunque creo que se trataba de esclerosis múltiple, que por aquella época estaba poco estudiada y su repercusión solía acabar con sus enfermos muy deteriorados y un colapso final que traía el fatal desenlace. Esperanza y Marti habían sido muy amigas de niñas, y su enfermedad la había llevado hasta aquella cama en la que la recuerdo.

Mi hermana Marti, como siempre, se sentía muy triste con lo que su amiga de la infancia estaba pasando. Esperanza no podía ponerse en pie, ni moverse apenas, ni si quiera era capaz de hablar. Su madre, una mujer mayor de pelo blanco y rizado, agradecía las visitas de mi hermana a las que yo me unía en muchas ocasiones. Recuerdo pocas cosas con detalle de aquello, porque yo era un crío y apenas era consciente de lo que hacía, pero no puedo olvidar la cara de agradecimiento de aquella mujer por ver que a su hija no la habían olvidado todos, al menos una de sus amigas seguía acudiendo regularmente a verla, porque Marti siempre fue extremadamente sensible con todos, más aun con quienes más débiles se mostraban al mundo.

Mi hermana en aquella época, la primera mitad de los años 80, estaba bien, recuperada de su lesión cardíaca y como nueva con su operación, esa que le había salvado la vida. Pero en todo el tiempo que pasó desde que enfermó severamente hasta que salió con éxito de aquella primera operación, aun de adolescente, hubo cosas que habían cambiado, como muchos, por no decir todos, sus amigos. Tanto los "novietes" de la infancia como las amigas del alma, todos excepto mi primo y su novia, que jamás la olvidaron ni la abandonaron, habían desaparecido, tal vez por eso ella no quería olvidarse de Esperanza ahora que ya no era una joven sana y capaz de correr y salir a la calle, ahora que, de verdad, necesitaba a alguien con quien hablar, o mejor dicho, a quien escuchar, para aliviar esas larguísimas tardes de sus últimos años. Si, sus últimos años, porque Esperanza acabó muriendo, enferma y en aquella cama.

Ya os he contado varias veces que mi hermana nos dejó muchas lecciones en su vida, incluso en sus últimos días en el hospital. Pero sin duda una de las mayores lecciones que me dejó fue la de la HUMANIDAD, porque si algo he podido aprender de Marti ha sido precisamente tener una especial sensibilidad (y paciencia) con quienes más débiles son. Jamás podré llegarle ni si quiera a la altura de los talones, pero al menos me queda el saber que aquella lección me inyectó un poco de humanidad para intentarlo.

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