Esta
noche he vuelto a ver a Marti, sentada frente a un gran espejo se
maquillaba con el rostro triste, un rostro que pocas veces le he
visto en mi vida. Si, era un sueño, pero ha sido raro. Yo le
preguntaba qué le pasaba, le he dicho que echaba de menos cuando
siempre me animaba y ella me explicaba que se maquillaba para
disimular “no se qué”. Un extraño sueño que me ha echo darme
cuenta de que son ya 3 años los que se vana cumplir desde aquellos
horribles días de 2014 en los que ella, tras sentir como se fatigaba
su corazón, decidió entrar en un quirófano del que no saldría ya
con sus sonrisa casi perenne. No se si ese sueño significaba algo,
si era un “mensaje” o simplemente un cúmulo de recuerdos que
explotó en medio de una noche en la que no he dormido muy bien.
Dentro
de unos días se cumplirán tres años desde esa fatídica víspera
del día de Castilla La Mancha de 2014 en el que Marti entró en
quirófano, algo que jamás imaginamos que acabaría del modo en que
lo hizo. No pude ir los dias que la ingresaron para prepararla, y la
verdad es que nunca llegué a ser consciente de lo sería que era
aquella operación ni de sus riesgos reales, pensé que era un mero
trámite, como cuando operaron a mi padre de cataratas, algo de
entrar y salir. La llamé en alguna ocasión y la tarde anterior
hablé con ella por whatssap, fue, como siempre que hablabas con ella
una conversación llena de esperanza, despreocupada. La había
llamado pero me rechazó la llamada y después me mandó un mensaje
explicándome que me había colgado porque estaba con los médicos,
me mandó una foto de su cena hospitalaria ese día, tortilla,
ensalada de pasta y una manzana, hablamos de que tenía buena pinta y
ella me dijo que estaba buena la cena, me dijo que estaba animada y
contenta de cara a la operación. Luego la llamé y estuvimos
hablando, se sentía bien y tenía ganas de entrar ya al quirófano,
lo había estado pasando mal y ella sabía que sin aquella
intervención tampoco habría muchas más oportunidades para ella.
Esa fue la última vez que la oí hablar y aun hoy estallo entre
lágrimas recordándolo, hasta el punto de tener que hacer una pausa
mientras escribo esto.
Luego
llegaron 24 días de larga espera, yo llegué el día 31 de mayo al
hospital y esas horas interminables entre la sala de espera junto a
la unidad de cuidados pos operatorios y el parque del Retiro, que
estaba cerca del hospital. Horas en las que hice mi mayor colección
de barquitos de papel, barquitos hechos con octavillas de publicidad
que encontraba y que me ayudaban a controlar la ansiedad y que se
quedaban posteriormente allí, sobre las mesitas de la sala de
espera. Unos barquitos que hoy están llenos de significado y que
entonces solo eran un mecanismo antiestrés.
Mil
anécdotas, algunas risas y muchos pensamientos en esas horas,
largas, casi interminables, entre los breves momentos en que podíamos
entrar a verla, allí, en la cama, unas veces sedada, otras más
despierta, sin poder hablar. Hablábamos con médicos, nunca con el
titular que jamás dio la cara y que parece ser que solo la da cuando
sus “obras” son un éxito. Cada día un médico y una
especialidad distinta, gente joven y muy amable que nos daban
pequeñas píldoritas de esperanza siempre con una muletilla que nos
advertían para no ser excesivamente eufóricos, entre el azúcar y
la sal, un si pero no...
Y
así hasta el día 24, ese día Marti ya no pudo, o no quiso, seguir
luchando, durante la hora de la visita de la tarde se fue, nos vio a
quienes estábamos allí, a todos los que estábamos y que pasamos
por turnos debido a la limitación de personas que permiten entrar en
la sala, y después se fue. Mi hermana Mercedes me recogió en el
trabajo que, tras advertir a mi jefa, abandoné apenas una hora
después de haber entrado, había hablado con los médicos, era
cuestión de muy poco tiempo, de repente había empeorado
precipitadamente y sus días en este mundo llegaban a su fin. Casi
dos horas de viaje con el corazón en un puño haciéndome preguntas
que mi hermana Mercedes, enfermera pero no omnisciente, no podía
responder. Llegamos, se despidió de nosotros, le di un abrazo que
fue el último y aquella larga espera, aquellos días de hospital se
acabaron de la peor manera posible.
La
echo tanto de menos y la necesito cada día tanto, que no puedo
evitar seguir pensando que un día me cruzaré con ella por la calle,
o en la casa de mis padres. Quiero buscarla en su casa en su antigua
habitación, en su casa, ir a su trabajo y preguntar por ella, quiero
escucharla otra vez como aquel 30 de mayo de 2014, quiero abrazarla
otra vez como aquel 24 de junio y, aun hoy, tres años después, todo
esto sigue siendo una pesadilla y me pregunto por qué.

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