viernes, 18 de agosto de 2017

La extraña soledad de estar rodeado de gente

Nota escrita por Marti
Cuando, ahora en agosto hace 12 años, empecé a pegar mi piso, sabía que me metía en algo para prácticamente toda la vida, en un barrio en el que no me apetecía muchos seguir viviendo, la verdad, y una casa tal vez (a la larga lo confirmé) un tanto justa de tamaño. Pero enfrente de todos esos contras había un pro que los superaba a todos con creces, me iba a vivir para el resto de mi vida al mismo edificio que mi hermana Marti. Eso me bastaba para que todo lo demás me diese igual, tenerla a dos saltos por las escalera era el aliciente más importante para tomar la decisión de gastarme mis ahorros en la entrada de una vivienda que iba a seguir pagando hasta un futuro más allá de donde ni siquiera puedo alcanzar a imaginar como será.

Imaginad cuando hace tres años ese piso de arriba se quedó vacío, el techo del mío se hundió. Bueno, en realidad al principio eso casi ni lo noté, era la ausencia, los recuerdos, las imágenes de las risas y gestos de mi hermana, todo eso que nunca más volvería a ver, lo que echaba de menos casi con avaricia. Con el paso de los días, de las semanas... de los tres años que han pasado ya, la perspectiva es distinta, aunque el panorama sea el mismo sigo echándola de menos con todas mis fuerzas y no hay día que no me acuerde de ella, de una frase suya o de alguno de sus gestos típicos, de alguna conversación de las miles que manteníamos, de alguno de aquellos abrazos que nos dábamos. Pero ahora empiezo a darme cuenta de que no se qué sigo pintando en esta casa, en un barrio que no es cómodo, en unos metros cuadrados que a mi y a Custom se nos hacen escasos, lejos de cualquier lugar que me guste y ahora, encima, sin mi vecina más apreciada, sin poder subir a charlar con mi hermana Marti, sin un café que tomarme en la planta de arriba, sin una sonrisa en el balcón de la esquina que me salude cuando me voy por las mañanas a hacer deporte.

Algunas noches me mandaba un whatsApp o directamente bajaba y llamaba a la puerta, el edificio medio vacío le daba miedo, algún ruido extraño que se escuchaba y me preguntaba si lo había oído. Unos viandantes ruidosos o unos gamberros en la calle haciendo de las suyas, y ella se alteraba, era miedosa, si. Yo solo le decía que no había sido nada, unas simples palabras en un mensaje de texto bastaban para que se le pasase el sobresalto. Como tantas otras veces ella me había consolado a mi, como tantas veces me había enseñado que la vida era mucho más sencilla de lo que yo la hacía y que los problemas, mierda de mis pseudoproblemas, no lo eran tanto.

Todo es más duro, mucho más difícil, sin ella, pero vivir aquí es para mi ahora como vivir en la más terrible soledad, soledad no en mi casa, soledad en la escalera, y eso aun cuando en estos momentos hay más vida en el edificio que nunca, más gente, y gente joven, que sube, que baja, que se cruza conmigo, que me saluda, vecinos que nos sonreímos, que nos estimamos, y aun así siento estas escaleras tan vacías...

No es huir, es simplemente buscar un nuevo inicio, un lugar que no me recuerde que un día me vine aquí a vivir porque, simplemente, era feliz con Marti cerca.