jueves, 18 de mayo de 2017

Demasiado tiempo ya...

Esta noche he vuelto a ver a Marti, sentada frente a un gran espejo se maquillaba con el rostro triste, un rostro que pocas veces le he visto en mi vida. Si, era un sueño, pero ha sido raro. Yo le preguntaba qué le pasaba, le he dicho que echaba de menos cuando siempre me animaba y ella me explicaba que se maquillaba para disimular “no se qué”. Un extraño sueño que me ha echo darme cuenta de que son ya 3 años los que se vana cumplir desde aquellos horribles días de 2014 en los que ella, tras sentir como se fatigaba su corazón, decidió entrar en un quirófano del que no saldría ya con sus sonrisa casi perenne. No se si ese sueño significaba algo, si era un “mensaje” o simplemente un cúmulo de recuerdos que explotó en medio de una noche en la que no he dormido muy bien.

Dentro de unos días se cumplirán tres años desde esa fatídica víspera del día de Castilla La Mancha de 2014 en el que Marti entró en quirófano, algo que jamás imaginamos que acabaría del modo en que lo hizo. No pude ir los dias que la ingresaron para prepararla, y la verdad es que nunca llegué a ser consciente de lo sería que era aquella operación ni de sus riesgos reales, pensé que era un mero trámite, como cuando operaron a mi padre de cataratas, algo de entrar y salir. La llamé en alguna ocasión y la tarde anterior hablé con ella por whatssap, fue, como siempre que hablabas con ella una conversación llena de esperanza, despreocupada. La había llamado pero me rechazó la llamada y después me mandó un mensaje explicándome que me había colgado porque estaba con los médicos, me mandó una foto de su cena hospitalaria ese día, tortilla, ensalada de pasta y una manzana, hablamos de que tenía buena pinta y ella me dijo que estaba buena la cena, me dijo que estaba animada y contenta de cara a la operación. Luego la llamé y estuvimos hablando, se sentía bien y tenía ganas de entrar ya al quirófano, lo había estado pasando mal y ella sabía que sin aquella intervención tampoco habría muchas más oportunidades para ella. Esa fue la última vez que la oí hablar y aun hoy estallo entre lágrimas recordándolo, hasta el punto de tener que hacer una pausa mientras escribo esto.

Luego llegaron 24 días de larga espera, yo llegué el día 31 de mayo al hospital y esas horas interminables entre la sala de espera junto a la unidad de cuidados pos operatorios y el parque del Retiro, que estaba cerca del hospital. Horas en las que hice mi mayor colección de barquitos de papel, barquitos hechos con octavillas de publicidad que encontraba y que me ayudaban a controlar la ansiedad y que se quedaban posteriormente allí, sobre las mesitas de la sala de espera. Unos barquitos que hoy están llenos de significado y que entonces solo eran un mecanismo antiestrés.

Mil anécdotas, algunas risas y muchos pensamientos en esas horas, largas, casi interminables, entre los breves momentos en que podíamos entrar a verla, allí, en la cama, unas veces sedada, otras más despierta, sin poder hablar. Hablábamos con médicos, nunca con el titular que jamás dio la cara y que parece ser que solo la da cuando sus “obras” son un éxito. Cada día un médico y una especialidad distinta, gente joven y muy amable que nos daban pequeñas píldoritas de esperanza siempre con una muletilla que nos advertían para no ser excesivamente eufóricos, entre el azúcar y la sal, un si pero no...

Y así hasta el día 24, ese día Marti ya no pudo, o no quiso, seguir luchando, durante la hora de la visita de la tarde se fue, nos vio a quienes estábamos allí, a todos los que estábamos y que pasamos por turnos debido a la limitación de personas que permiten entrar en la sala, y después se fue. Mi hermana Mercedes me recogió en el trabajo que, tras advertir a mi jefa, abandoné apenas una hora después de haber entrado, había hablado con los médicos, era cuestión de muy poco tiempo, de repente había empeorado precipitadamente y sus días en este mundo llegaban a su fin. Casi dos horas de viaje con el corazón en un puño haciéndome preguntas que mi hermana Mercedes, enfermera pero no omnisciente, no podía responder. Llegamos, se despidió de nosotros, le di un abrazo que fue el último y aquella larga espera, aquellos días de hospital se acabaron de la peor manera posible.

La echo tanto de menos y la necesito cada día tanto, que no puedo evitar seguir pensando que un día me cruzaré con ella por la calle, o en la casa de mis padres. Quiero buscarla en su casa en su antigua habitación, en su casa, ir a su trabajo y preguntar por ella, quiero escucharla otra vez como aquel 30 de mayo de 2014, quiero abrazarla otra vez como aquel 24 de junio y, aun hoy, tres años después, todo esto sigue siendo una pesadilla y me pregunto por qué.