| Marti hizo esta foto de su trabajo con el móvil |
Me resulta muy difícil no pensar en las horas que he podido pasar con ella allí, la tarde de un domingo, las horas previas a irme de bares para saludarla, sabiendo que ella al salir se iría a la cama y probablemente ya no la vería hasta la tarde siguiente. Cuando por mi trabajo visitaba el hospital y los horarios no se cumplían, para matar el tiempo, o simplemente para estar con ella, sentado a su lado mientras ella desarrollaba su trabajo. Llegué a aprenderme algunas extensiones de ver como las decía por el micrófono, llegué a memorizar el soniquete molesto e impertinente del teléfono y jamás podré olvidar su voz atendiendo las llamadas, aquellas dos frases, distintas en función de si la llamada era interna o externa: "hospital de Alcázar, dígame" o "centralita, dígame". Las decía siempre sonriendo, disfrutando de su trabajo porque, aunque a veces se desesperase con asuntos laborales como todos lo hacemos, ella disfrutaba de su trabajo, estaba a gusto, quería a sus compañeros y sus compañeros la querían a ella.
Hoy he vuelto a ese hospital a visitar a una amiga que está ingresada. Ha sido muy difícil volver allí. Ya cruzando la avenida de la Constitución, por el paso de cebra, las piernas me temblaban, el labio se me adormecía. Crucé el umbral y después de subir y bajar escaleras un par de veces, de equivocarme de planta, de habitación y de ala, llegué a donde iba. Tres veces pasé por delante de la puerta de la centralita, tres veces tuve que respirar muy hondo para evitar ponerme a llorar allí en medio, delante de desconocidos. La última vez a punto estuve de entrar, quería haber echado un vistazo a aquel lugar, pero el nudo que se me ha hecho en la garganta ha sido tal, que tuve que salir casi corriendo para respirar el aire de la calle.
Ya fuera, antes de cruzar de nuevo la avenida de la Constitución, me detuve y miré hacia atrás, vi aquella pequeña puerta de emergencia por la que a veces entraba o salía de trabajar Marti, la busqué, quería que estuviera allí, con su bata blanca y su sonrisa perenne, diciéndome adiós con la mano y poder leer de sus labios ese "guapo" que tantas veces me ha dicho.


