Poco más de siete meses después de la marcha de mi madre, le siguió Manolo, el bueno de Manolo, de gran temperamento y corazón infinito.
A don Manuel, a Manolo el del banco, que no le dejado ni siquiera celebrar la Nochevieja. Y lo vamos a echar de menos, mucho, porque su sonrisa y su humor van a dejar hueco, esa predisposición incondicional a ayudar siempre, más aún. El hombre recto, formal, el señor elegante siempre con chaqueta y corbata, siempre.
Ese pobre chavalín que empezó a trabajar con 14 años, lejos de casa, en un Madrid que le trató con frialdad y lo forjó como el hombre valiente que nunca quiso ser. Antes ya había dado el callo en el campo, pero al lado de su familia, de su madre, su tío Ricardo y sus hermanos; Madrid fue la soledad para el, aunque nunca habló con tristeza de aquella época de su vida en la que tuvo que vivir solo, siendo aún niño, mientras trabajaba de botones en el Banco Popular de los Previsores del Mañana.
Mi padre siempre se ocupó de su familia, siempre, echó mil manos a quienes se lo agradecieron y a quienes no, un hombre impetuoso y visceral, de enorme corazón y mano tendida. Un padre con mayúsculas.
Te vamos a echar de menos, papa, porque eres insustituible, porque discutir contigo era un reto, saber que no me ibas a fallar jamás, fue un alivio. Contigo se cierra el punto de encuentro familiar, así que habrá que ir inventando uno nuevo.
Solo puedo decirte adiós, nos vemos cuando me toque, allí estaréis esperando, imagino, tú y las tres que te precedieron.
Me gustaría saber que algún día encontraré de nuevo a los cuatro, bueno, las cinco. Mis padres, mi hermana Marti, a la que hoy, siete años después, sigo echando de menos como el primer día que nos dejó. También espero volver a ver la sonrisa permanente de Mercedes, Merceditas, a quien el destino nos arrebató demasiado pronto, y la Tata, que seguro sigue cuidando de ella y mirando de reojo a todos los demás.
