Pronto se cumplirán siete meses desde mi última publicación aquí. Que pasara casi un año entre las dos anteriores publicaciones y más de medio entre la última y esta no significa, para nada, que me haya olvidado. Es cierto eso que te dicen cuando pierdes a alguien y que te cuesta tanto creer: "a todo se acostumbra uno". No es que renuncie a su presencia, pero si es cierto que te acostumbras a no verla.
Pasan los días, las semanas, los meses, los años... Ya son cinco años sin mi hermana y parece que que fue ayer cuando salimos corriendo, recorrimos 150 Km entre lágrimas y congoja para hablarle por última vez y decirle adiós. Cinco años de su marcha, de aquella mirada final que es imposible borrar de la memoria. Cinco años de este blog en el que plasmé mis primeras lágrimas con su ausencia, mis recuerdos de toda una vida a su lado. Creedme que agradecí cada comentario que habéis dejado en las entradas de este blog, cada vez que leíais mis sentimientos más desagarrados, me sentí querido y acompañado cada vez que alguien me decía por la calle: "qué bonito lo que escribes de tu hermana" y sentí que la queríais.
Cuando se cumplió el fatídico aniversario escribí en las redes sociales que estos cinco años se me han hecho eternos sin ella y poco tardaron dos personas en escribirme con bonitas palabras. Gracias también por eso.
No penséis que porque haya pasado un lustro desde que nos quedamos sin su sonrisa, porque yo diga que se acaba acostumbrado uno a no tenerla, las cosas pasan más suaves, no, para nada. Los ojos siguen inundándose cada vez que llega a mi memoria su cara, su presencia, nuestras conversaciones, esas cañas (que nunca volvieron a ser las mismas) al medio día, cada vez que recuerdo sus abrazos, sus besos, sus lágrimas (que las hubo), siempre que hablo, pienso o escribo de ella, siempre se me nubla la vista con una película de líquido vidrioso que corre ante mis pupilas.
Aprendimos a vivir sin esa persona que nos daba la vida, pero nunca podremos olvidarla, jamás se borrará su memoria. Cuando corro, ella corre conmigo, cuando subo una montaña, ella sube conmigo ¡y no se cansa!. Cuando monto en moto, ella es mi guía, cuando viajo en tren, ella me me compaña, cuando vuelo en avión, ella es mis alas.
Por ti, Marti, por tu sonrisa, por ese corazón que, de tan generoso que fue con los demás, acabó rompiéndose. Te quiero, mucho, siempre.
