Hoy paseando por la calle con Custom, mi fiel y peludo amigo, he pasado por delante del escaparate de Casa Escudero, el Almacén de La Mancha, una tienda de esas de toda la vida que a los de Alcázar no tengo que explicar. Los escaparates estaban como siempre llenos de juguetes antiguos, de otras épocas, amontonados en perfecto orden y entre ellos una colección de pequeñas figuras de metal de color cobre, son sacapuntas de metal con forma de miniaturas: un ventilador, una caja fuerte, una hormigonera, un molinillo de café... Esa colección la tenía mi hermana Marti, uno de sus tesoros con los que cuando era pequeño me dejaba jugar unos minutos para luego volverlos a guardar con todo el cuidado del mundo, como todo lo que tenía.
Aquella colección la fue comprando poco a poco en esa misma tienda, en Casa Escudero, y le encataban todos esos sacapuntas que jamás sacaron punta a ning´ñun lapicero y que siempre tuvo guardados como figurillas de coleccionista. No es la única colección que tenía, porque a Marti le encataba coleccionar, reunir colecciones de casi cualquier cosa, pero sobretodo de miniaturas, le gustaba lo pequeño, como esos librillos de los dibujos de Hanna Barbera que cuando pasabas las hojas a gran velocidad dejándolas pasar con el pulgar podías ver una animación de sus personajes dibujados. O pequeñas muñecas, imanes... Cualquier cosa estaba bien para guardar con mimo y celo.
Pero aquellos sacapuntas me encantaban, eran como juguetes con los que no debería jugarse pero que mi hermana, como siempre hacía conmigo, me acababa consintiendo haciéndome feliz.
Hay tantas y tantas cosas que me la recuerdan cada día, que resulta difícil caminar por la calle, ver la televisión o entrar a casa de mis padres sin que una imagen me la vuelva a traer a la cabeza, casi siempre sonriendo, incluso riéndose a carcajadas con esa risa contagiosa que tenía. Ahora me doy cuenta de que es algo que jamás superaré y que, sinceramente, cuesta mucho aprender a llevarse, por eso hay días en los que se puede estar como si no hubiera pasado nada, pero otros en los que lo mejor que puedo hacer es retirarme a mis escondidos retretes del alma (como diría Santa Teresa) y tratar de sobrevivir sin la luz que iluminaba mi camino. Sé que se puede caminar a ciegas, pero también sé que es muy difícil.
