domingo, 19 de marzo de 2017

Un arco sin dovela

Asturias, 2011
Llevaba demasiado tiempo sin escribir aquí, no se si eso es bueno o malo, pero lo cierto es que no me olvido (ni lo haré nunca) de Marti. Ya lo he dicho varias veces, ella era un pilar imprescindible en mi vida y, desgraciadamente, lo he tenido que comprobar cuando ya no está, aunque siempre supe que era especial y que sin ella nada sería igual.

Ella era mucho más que una más en la familia, no era un dedo entre los cinco de la mano o un ladrillo más del muro. No, era la dovela del arco de una familia que al desaparecer parece mutar irreconociblemente. Desde que Marti no está el resto de piezas del arco van cayendo. Cosas sencillas y tontas que no parecían tener gran importancia dejan de hacerse, ya no hay mágica noche de Reyes en los Vázquez, ni cafés un domingo cualquiera con bolitas de coco. Ya no celebramos de manera multitudinaria los cumpleaños ni nos vamos a tomar unas cañas los domingos antes de comer. Los Vázquez somos menos Vázquez sin ella, y las almas se van desquebrajando poco a poco a la vez que vamos asumiendo que, efectivamente, la pérdida es para siempre.

Era también una especie de escudo, de campo de fuerza interestelar que impedía que en mi familia nada nos hicera daño, que las malas acciones de extraños nos afectaran de verdad. Desde que su protección no está parece que las "maldiciones" ajenas nos afectan el doble, parece que estamos desprotegidos ante un mundo de envidias que van desmoronando las murallas de una familia que parecía inquebrantable. 

Marti era mucho más que una simple pieza, era la clave del arco, la piedra angular del muro, la muralla del castillo, pero, sobre todo, era la sonrisa perpetua que nos hacía felices ante todo y a pesar de cualquier cosa. Una sonrisa que nunca olvidaremos pero sin la que somos, soy vulnerable hasta límites que jamás habría sospechado antes de junio del 2014.

Me sobran muchas personas en este mundo, muchas, algunas incluso me gustaría eliminarlas sin dejar rastro de ellas y ello no me crearía ningún tipo de cargo de conciencia, y se que esto puede resultar tremendamente despreciable, pero no puedo evitar sentirlo así. Mientras, me falta ella, me falta infinitamente, me falta desesperadamente. Y, lamentablemente, desgraciadamente, tristemente, me falta ya sin solución.