| Marti y yo en el castillo de Albarracín, año 2009 |
Hace unos días alguien de mis contactos compartió un video de Albarracín en el que se veían sus calles sacadas de una película de caballeros y mendigos, esas calles que me traen bonitos recuerdos. Mi ralación con esa población turolense fue breve, pero será intensa y duradera mientras tenga mis facultades mentales en funcionamiento, porque aquel viaje fue trascendental para mi.
Era la tercera semana de mayo de 2009, yo pasaba un mal momento, una de esas crisis existenciales, estaba a las puertas de una depresión, y cuando digo depresión quiero decir en toda regla, de esas de las que si entras cuesta salir lo indecible, aunque ya no existan motivos reales para seguir deprimido. Me acababa de comprar un coche, un bonito y flamante Volvo gris de 140 c.v. que había dejado a todo el mundo enamorado cuando lo enseñaba a familia y amigos. Entonces, uniendo las circunstancias decidí hacer un viaje para pensar y actuar en consecuencia, sin saber muy bien cual sería el resultado de todo aquello, porque en esos momentos tenía la sensación de que jamás me iba a salir nada bien hiciese lo que hiciese. Mi hermana Marti, que estaba siempre atenta a estas cosas, no quiso dejarme sólo, supongo que porque conociéndome como me conocía, llegaría a pensar que no era muy buena idea que hiciese en esas condiciones un viaje tan largo solo, así que se ofreció a acompañarme.
Aquel fue el punto de partida de una relación mucho más profunda con mi hermana a la que ya quería con toda mi alma. Aquel viaje a Albarracín siempre será algo mágico para mi y, cuando esté preparado, quiero volver y recordar a la persona más importante de mi vida. De ese viaje me quedo especialmente con el hecho de que todo nos salió bien, justo cuando pensaba que eso era imposible, y así llegamos a un hotel perfecto a un precio muy económico que nos puso una habitación más grande de lo que es mi actual casa, con dos enormes camas de matrimonio, un amplio wc y en un entorno precioso. Jamás olvidaré aquel restaurante de aires mediavales en el que cenamos solos, con la única compañía del personal del establecimiento, una impresionatemente sabrosa pierna de cordero yo y una exquisita parrillada de verduras mi hermana. En otro lugar tomamos, otro día, un postre típico de Albarracín, las almohabas, nombre peculiar pero quedó grabado en mi cabeza, como muchas otras cosas de aquel viaje. Para siempre quedará ya esa imagen de mi hermana subiendo a lo alto de la montaña en la que se ubica el pueblo, hasta el castillo, caminar por la larga de uno de los muros de este, algo realmente curioso, porque Marti era muy "miedosa" para esas cosas, pero no quiso perderse aquel paseo. La conversación con el propietario de un bar, situado en un lugar casi escondido, con el hablamos de la población extranjera que habitaba allí y también en La Mancha, del turismo, de las comidas... Y sin duda no olvidará mi padre el jamón de Teruel que trajimos como recuerdo de aquel lugar, que nos comimos entre toda la familia con gusto y saboreando el delicioso manjar de aquellas tierras.
Muy bonitas las imagenes que me traje en fotos, pero especialmente en la memoria, del paseo que dimos por lo alto de la sierra, asomándonos al borde de las montañas y observando aquel estupendo paisaje, con Marti sonriente y yo habiendo logrado olvidar las tonterías que me hicieron emprender aquella que iba a ser una huida y acabó siendo un encuentro conmigo mismo y con mi hermana, a la que hoy echo de menos más que nunca, a la que necesito tanto para hablar de lo que más me entristece hoy, que es precisamente su ausencia, paradoja insoportable esta de necesitarla para hablar con la única persona que me supo escuchar de lo que sufro cada día de mi vida desde aquel maldito final de junio de 2014. Solo ella supo entender mis códigos, solo ella supo detectar mis estados de ánimo, los malos y los buenos, solo ella supo calmar mi alma cuando más lo necesité y solo ella pudo cambiar mi rabia interna, sustituyéndola por esa paz y esa calma que me ha ido invadiendo poco a poco desde que me dijo por primera vez aquello de "se positivo, Pedro" y que hasta el día de hoy realmente me ha servido mucho más que cualquiera de las guerras que anteriormente traté de librar solo.
Si, trato de ser feliz, de vivir el hoy y disfrutar cada hora de las que paso en esta vida, solo o acompañado, y no fijarme mucho en lo que hice ayer, porque eso ya siempre será ayer y jamás lo podré cambiar. Pero realmente es muy difícil vivir con una sonrisa en la boca cuando la única persona en esta vida que ha sabido conducirme a esa felicidad ya no está aquí para abrazarla, para hablar con ella y compartir mis penas y las suyas, mis alegrías y las suyas. Y cada vez que pienso en lo que la quiero, en lo que me gustaría tenerla aquí para enseñarle lo que es mi vida dos años después de su marcha, las lágrimas inhundan mi cara, nublan mi vista hasta obligarme a cerrar los ojos y tratar de calmar mi alma que, si bien ya se liberó del odio y la ira otrora presentes de manera continua, ahora está gris porque quien le daba color ya no está para hacerlo.