viernes, 4 de septiembre de 2015

La feria

Cada fecha señalada los recuerdos vuelven, si es que llegan a irse alguna vez, y la feria es otra de esas fechas en las que Marti está presente. Nunca fue muy de ferias, especialmente en los últimos años, es cierto, pero aun así este momento sin ella se hace también duro. ¿Cómo? Os preguntaréis. Pues bien, os lo explico.

A mi hermana la feria no le entusiasmaba, es cierto, pero le gustaba aprovechar cada segundo de la vida, cada momento que ofrecía la oportunidad de diversión, ella lo hacía suyo. La feria en si no era lo que ella podría estar esperando todo el año, pero las cañas, los vermús al medio día o a media tarde en la plaza, con el ambiente de fiesta en la localidad si le gustaba, como a mi, y de hecho era una de las pocas personas que me acompañaba cuando llegaban estas fechas. Una caña en vaso de plástico y con una salchicha o un pincho moruno de tapa, sin incluir en el precio, por supuesto, no faltaba en la plaza de España, más tarde en la Avenida de la Constitución y finalmente en los aparcamientos de la piscina, para celebrar la feria, para reírnos y, por qué no decirlo, a veces enfadarnos, pero siempre juntos, como casi todo. Y llegar a casa de mis padres a las 3 o más, hartos de productos porcinos a la plancha y de cervezas y algún que otro vermú, dónde nos esperaban nuestros progenitores que, como si no hubiésemos crecido y aun fuésemos niños, se enfadaban por haberlos tenido esperando para comer y, encima, llegábamos sin hambre... Son recuerdos que no se pueden borrar, como ninguno, y que al asomarse hoy la inauguración del "baile del vermú" o "feria de día" o como lo quieran llamar, no pueden por menos que hacer que se me escapen, casi a la vez, una mueca de sonrisa en la boca y unas lágrimas en los ojos.

Ella, Marti, que sin dejar de pasarlo bien casi nunca, jamás dejaba de pensar en los demás, fue quien decidió un día, hace ya muchos años, que debíamos bajar con mis padres a la feria al menos una noche, tomarnos unos churros y un chocolate, para que también ellos, que ya empezaban a ser mayores para ir solos, disfrutasen de las fiestas al menos una noche. Así lo hicimos, los primeros años con mis dos padres, luego mi madre dejó de querer bajar, algo normal pues nunca fue muy de salir. Pero cada año, al menos una vez en toda la feria, bajábamos con mi padre, que como un niño más, disfrutaba de sus churros y de su chocolate, y casi tanto como de esa merienda en horas ya de cena, disfrutaba sacando la cartera y pagando, invitando a todos sus hijos, los que habíamos ido, y sus nietos, que también algún año se unieron al grupo.

Con mi hermana cada año solíamos bajar hasta los alrededores del recinto ferial para ver la pólvora, como decimos aquí, esos fuegos artificiales con los que empezaban las fiestas de Alcázar. Un buen rato de pie mirando al cielo para ver lo mismo de cada año, todo ello tras haber bajado andando desde nuestro barrio o, peor aun, en coche, lo que suponía una hora buscado sitio para aparcar.

También recuerdo un par de años que nos fuimos a comer juntos al Rolling Rock Bar, donde con motivos de la Feria y Fiestas de Alcázar cada día se hace una comida para todo el que quiera ir a cargo de los propietarios. Nos reuníamos junto a una gran mesa, que iba aumentando de número de comensales conforme iban llegado familia, amigos y conocidos, y hasta algún que otro acoplado, y en torno a esa gran mesa comíamos duelos y quebrantos, o gachas, o migas... Momentos únicos, irrepetibles ya por desgracia.

Todo ello era divertido, era bueno, era maravilloso, porque ella estaba ahí, conmigo, con nosotros, cumpliendo pequeñas y a veces absurdas tradiciones particulares que hacían que cada año deseásemos la llegada de la feria, aunque la feria no nos gustase, porque juntos era todo mejor.