miércoles, 24 de junio de 2015

Un año sin tu presencia física

Hoy hace un año. Ya son 365 días desde que el mundo se oscureció un poco para mí. Ha sido un año que ha pasado rapidísimo, como si los días durasen menos, como si hubiésemos tenido semanas de 50 horas. Hoy se cumple el triste aniversario de un acontecimiento que probablemente nunca superaré, aunque aprenda a sobrellevarlo.

El 31 de mayo Marti entraba en el quirófano del Hospital Universitario Gregorio Marañón tras algo menos de una semana de hospitalización para una operación, no nos vamos a engañar, que todos sabíamos que era peligrosa pero que, muy a pesar de todos, era necesaria para que ella recuperase su calidad de vida, una calidad de vida que en el último año había empeorado considerablemente. Yo no me despedí de ella en persona ese día porque había reservado mis vacaciones para estar con ella en el postoperatorio. Ella dijo que con un poco de suerte para el día de su cumpleaños, el 9 de junio, estaría en casa celebrándolo. Alguien le respondió que era difícil, porque esa operación tendría una larga recuperación, aun así Marti no perdió su sonrisa y sus ganas de celebrar ese cumpleaños que esta vez tendría doble motivo de alegría.

Las cosas no pasaron como esperábamos todos, del quirófano tardó en salir más de 10 horas y nadie sabíamos nada hasta que un anestesista nos informó: la cosa se había complicado y pintaba mal. Podéis imaginar las lágrimas, la angustia... Pero salió viva, mal, pero viva. Los días posteriores fueron una sucesión de esperanza entre nosotros, de lucha por su parte y de esfuerzo encomiable entre los médicos y enfermeros. Las horas se hacían eternas en la sala de espera, yo mataba el tiempo haciendo barquitos de papel con las octavillas de publicidad. Los paseos eran del comedor del hospital a la sala de espera y vuelta, con alguna escapada al Retiro, para que nos diera el aire.

Llegó su cumpleaños y no quisimos decirle en qué día estábamos, porque la conocemos y sabíamos que empezaría a hacer cuentas y a preocuparse más aun pensando en todo el tiempo que llevaba allí. Ella era consciente de que algo no iba mal, seguro. Pero le pedíamos que siguiese luchando, y lo hizo, quizá más por nosotros que por ella misma. Pasaron los días y cada vez nos daban algo más de esperanza, ella evolucionaba, pero no cabía un ápice de euforia, porque las cosas no iban bien a pesar de sus mejorías. 

Tras un intento fallido, el 11 de junio nos dieron una esperanza más, había logrado que su corazón funcionase solo, sin ayuda de máquinas. Pero seguía mal, con necesidad de sedación. Todos los días recibía besos, caricias y palabras de ánimo entre sueños y alguna que otra lágrima, creo nunca se sintió abandonada. Yo deseaba darle uno de esos fuertes abrazos que solía darle, pero la cama, los tubos, las máquinas me lo impedían. 

Así hasta un triste, maldito martes, 24 de junio de 2014. Yo me había venido el día antes porque me tocaba trabajar ya. Mi hermana Mercedes me llamó, malas noticias, ese martes intentaron cambiarle algo de su medicación para que terminase de reaccionar y sucedió todo lo contrario. Estaba peor. Nadie entendíamos nada. Llegué a las 2 de la tarde al trabajo, no fui capaz de subir las escaleras del tirón. Mi compañera Marta, qué tendrán las Martas, bajó y me dio palabras de consuelo y ánimo, una inyección de fuerza para seguir pasando el día. Pasadas las 3 de la tarde mi hermana Mercedes me volvió a llamar, me preguntó si me iba a Madrid entre sollozos. Le dije que estaba trabajando, que no podía... Ella me lo dijo: Marti se iba, teníamos el tiempo justo para despedirnos. Fue un viaje odioso, no se ni como llegamos, pero lo hicimos. Marti nos esperaba, pasamos y nos despedimos sin hacerlo, diciéndole que ella era fuerte, que luchara. Pero su cuerpo ya no aguantaba más. Hubo una parada en una de las camas de la sala y nos desalojaron. Ella aprovechó ese momento en el que su familia salió para irse, sin dejarnos ver como lo hacía, sin hacernos sufrir, ya había esperado a que estuviéramos todos y cuando nos dijo adiós sin palabras ni gestos a cada uno, se fue.

No voy a relatar el drama del momento en que nos lo comunicaron, pero supongo que os lo podéis imaginar. Me resulta imposible terminar estas palabras sin romper a llorar, pero aun así se que nunca se fue, solo cambió de “estatus”, ella sigue conmigo, con nosotros, aunque no podemos verla, pero está aquí, seguro, porque de no ser así yo no hubiera podido aguantar este año. Hoy por fin puedo relatar, aunque sea por escrito, lo que sucedió aquellos días, aunque aun sigo sin poder entrar a su casa o subir en su coche sin romperme.

Aquel día me quedé si la presencia física de la persona más importante de mi vida, hoy sigo esperando volver a verla y poderle dar ese abrazo fuerte e intenso que le debo.

Marti, te quiero.